A de Asombro. A de Anarquía.

I. La invención de lo real

Rechazamos la Realidad impuesta, no porque sea irreal sino porque ha sido fabricada sin nuestro consentimiento, rubricada por el Capital y autenticada por la Razón Instrumental.

El desencantamiento del mundo fue una operación militar. La magia no cayó por absurda sino por subversiva, porque encendía cuerpos, retorcía el tiempo y desobedecía el mandato de lo real. Aun así, en las cunetas de sus autovías, siguen brotando esas flores negras que son las nuestras: las del lenguaje de los sueños, las de las viejas que enseñaron a las plantas a recordar, las de las promesas susurradas a las bestias, las de los pactos firmados con la noche, las de antiguos conjuros, las de las sombras de seres feéricos que sobreviven en los claroscuros del insomnio.

Sabemos que la revolución no se agota en la toma del poder. Precisa también la destrucción de sus lenguajes. No basta con disputar estructuras, también es necesario interrogar la fe obligatoria en lo comprobable enfrentando la policía epistemológica que patrulla lo real. Fundar otra realidad es posible, una tocada por la Gracia, habitada por secretos, donde cada sombra sea umbral, cada silencio un sortilegio latente, cada esquina una emboscada de la maravilla. Porque sin lo invisible, lo visible se marchita. Porque sin lo sagrado, lo cotidiano pierde su latido. Porque sin el prodigio, no hay fuga ni música.

No pedimos pruebas. Pedimos pasajes.

El anarquismo nació bajo el signo de la rebelión y nuestra magia es una práctica radical de libertad. Cuando el chamán entra en trance, quiebra la linealidad del tiempo. Cuando la bruja lanza su hechizo, fractura la propiedad privada del cuerpo; cuando el símbolo se enciende en la mente colectiva, deja de ser adorno para devenir dinamita semiótica. La magia no se pliega al orden causal dominante: es el resquicio por el que se cuela el asombro. A veces, nos ha costado la salud, el amor, la cordura. Pero seguimos aquí.

II. Anarquismo es invocación

No queremos volver al pasado porque sabemos que todo acto de memoria es un conjuro peligroso. Pero, aun así, asumimos el riesgo y convocamos a los espectros de las brujas quemadas, de los pueblos sin nombre, de los poetas antiguos, de las místicas y herejes, de las desertoras del sentido común, de quienes combatieron con bombas y con palabras, de las comuneras y comuneros de la anarquía.

Ellas y ellos sabían de ciclos, de cuidados, de sonoridades, de rosas de llamas y palabras abisales, del arte de desaparecer sin huir, y volver sin anunciarse. Somos su continuación, su reencarnación insurrecta. No obedecemos al mercado, ni al dogma, ni a la lógica binaria, ni al dios de las probabilidades. Nuestra fe es provisional, nuestro método es el caos, nuestro anhelo es una risa sin amo, nuestra ética es la de una anciana que lanza pétalos sobre una ruina humeante. Aun en esta soledad, seguimos conjurando.

Luchamos por una realidad reencantada, porque en un mundo desencantado ya no queda nada que merezca la pena salvar. Queremos una utopía posible, sí, pero que parezca diseñada por ingenieros steampunk. Un presente donde los encantamientos no sean metáfora, sino práctica. Donde la anarquía no se organice según ningún manual sino que brote como un hongo psicodélico tras la lluvia.

Conservamos un fósforo encendido en la cueva de la lengua. No queremos tomar el poder. Queremos evaporarlo.

III. El retorno espectral del fascismo

El fascismo es un ejemplo del eterno retorno de lo mismo. Nuestro otoño soporta su presencia insultante. Viste traje de ejecutivo pero adora los uniformes. Asiste a tertulias, maneja algoritmos, murmura desde podcasts o reza en los templos de la usura y de la patria.

Invoca una hechicería negra de poder jerárquico, un encantamiento de obediencia y miedo, una magia oscura, patriarcal y clasista que se alimenta del sufrimiento y transforma himnos en grilletes. La extrema derecha profana los mitos, reviste la brutalidad con ropajes de esoterismo e invoca monstruos para justificar su cruzada. Donde antes había dioses, ahora hay evangelios digitales de odio. Donde antes florecía el pensamiento, ahora crecen los hilos de Telegram, susurros encriptados de conspiración, miedos reciclados en memes. Persigue un mundo sin mezcla, sin desvíos, sin fronteras porosas.

El fascismo ha saqueado la estética, profanado el lenguaje y vaciado de sentido el símbolo. Presume de rebeldía, se maquilla de espiritualidad. Proclama «somos disidentes» mientras repite el orden más viejo del mundo: autoridad, castigo, obediencia. Grita “libertad de expresión”: el silencio se impondrá luego como dogma. Clama por “soberanía”, pero solo para oprimir a quienes habitan los márgenes. Enarbola banderas preñadas de cruces, aguiluchos y sangre antigua, y al tiempo que predica “libertad”, construye cárceles mentales y vallas de espino. Su humor esparce veneno.

Venera un pasado que nunca existió. Lo disfraza de verdad alternativa. Sueña con Imperios blancos, cuerpos heterosexuales, naciones-cárcel. Una pesadilla que extermina lo femenino que se desborda, lo mestizo que contagia, lo mágico que escapa, lo libre que desobedece, lo pobre que resiste, lo queer que relumbra.

IV. El encanto del Antifascismo

No basta con destruir sus argumentos. Hay que debilitar su aura. El fascismo no se propaga solo con discursos sino con silencios fértiles. Crece donde el miedo es rutina, el simulacro objeto de aplauso y el vacío retoma viejos altares. Donde los símbolos ya no brillan, su resentimiento se arrodilla y reza. Su exaltación de la violencia, de las armas, muestra su debilidad, su impotencia interior. Nosotros, frente a su lógica de muerte, invocamos otras fuerzas, otros encantos manufacturados con el caos fértil de nuestros afectos, signos y disonancias. Contra su pureza, nuestro mestizaje insomne de cuerpos, géneros, lenguas, espíritus y temblores.

Mientras fantasea con una infancia uniformada y obediente, nosotras invocamos a los diminutos y a quienes los acompañan: niñas ferales, niños que conversan con árboles, criaturas no binarias que pintan con barro las paredes del mundo, jóvenes mutantes que esconden grillos en sus mochilas. Porque con cada una de las crías y críos que se escapa del guion impuesto se alza un conjuro contra el porvenir fascista.

Detrás de cada provida -antiaborto, antieutanasia-, hay un fascista disfrazado de padre protector. Detrás de cada idiota funcional que niega los derechos trans, minimiza el maltrato, persigue a los disidentes, impone roles, castiga placeres o controla cuerpos libres, hay una prelatura reaccionaria que aún sueña con hogueras. Que tiemblen sus columnas cuando entonamos poemas en la calle, tatuamos símbolos en la piel de la ciudad, construimos refugios que cantan en voz baja y tejemos abrazos que no distinguen especie ni frontera. Contra su cruz, su candelabro o su sharía, nuestros besos.

Mientras queman bosques, empozoñan ríos y niegan la urgencia climática, nuestra magia despierta entre raíces calcinadas, con los animales desplazados, revive en las lenguas acalladas. Somos los ecos que no se extinguen, una revuelta ecológica, herida, ancestral y futura. Invocamos los elementos porque no hay magia sin tierra que cicatrice, no hay revolución sin agua que arrastre, sin fuego que purifique, sin viento que libere, ni sin el éter que entrelaza lo imposible. Son fuerzas vivas que fundan un mundo sin centro y sin dueño. Un cosmos de espíritus errantes, de alianzas mutantes y de cuerpos en tránsito.

Nuestra insurgencia es plural y acoge a la bruja punk que fuma sobre los planos del patriarcado, a la activista climática, al okupa, al travesti, a lo que no tiene código QR, a la mendiga, al desertor, a los pueblos sin Estado, a la migrante, a la bestia sin dueño, a la loca, al nómada, a la niña salvaje que imagina dragones y odia el colegio, al artista libre y al esclavo, a las madres que crían en la sombra, a las exiliadas que sueñan en otras lenguas, a las trans que renacieron con sus propias manos, al trabajador insumiso que desmonta la máquina-trabajo, a quienes no figuran en la historia pero escriben su reverso.

Cada acto mágico, cuando se afila en el límite de lo visible, se abre a una política. Temen el poder que no pueden mapear; temen nuestros símbolos sin linaje. Porque frente al fascismo, nosotras nos desbordamos como espectro, nos disipamos como bruma y aparecemos donde menos nos esperan. Somos la revuelta de los fuegos fatuos, el aquelarre de la rabia lúcida, la danza de los mundos posibles. Y volvemos y volveremos, una y otra vez, hasta que todo el aparato se derrumbe.

V. Último conjuro antes de la lluvia

No pasarán. Ni por nuestras calles, ni por nuestras lenguas, ni por nuestras escuelas, ni por nuestras casas. Donde ellos traigan odio, nosotros llevaremos fuego lento y recuerdos arcanos. Donde invoquen miedo, responderemos con poemas y saliva. Con la risa seca de quien ya ha perdido el miedo a morir. Donde eleven su liturgia del vacío, nosotras desplegaremos el conjuro paciente de la ternura con tambores hechos de bidones quemados, con uñas negras y los bolsillos llenos de tierra.

Porque cada vez que una bruja enciende una vela, cae una estatua de hierro. Porque cada vez que un cuerpo desea sin culpa, se incendia el umbral de un templo. Porque por cada complicidad tejida en la sombra, se debilita la arquitectura del poder y su policía.

No pasarán. Pero nosotras sí. Como error del sistema. Como mala hierba en su jardín de control. Como fantasma en su algoritmo. Somos la grieta, el canto, la risa, las agua de marzo, el crujido del andamio, el humo del archivo liberado, el conjuro mal traducido que inventa una potencia nueva. Somos las hijas bastardas del caos y del amor. Que ardan los Tronos y florezca el Encantamiento. El mundo no es uno, sino muchos. Y se bifurca hoy. Así sea.