Introducción
El psicólogo James Hillman falleció a finales de 2011 a la edad de ochenta y cinco años. A lo largo de diez años, The Sun publicó tres entrevistas con Hillman que trataban temas como los fracasos de la terapia, los beneficios del envejecimiento y los límites de la influencia de los padres en los hijos. Para honrarlo a él y su contribución al mundo del imaginario, hemos reimpreso partes de las tres entrevistas.
Hillman nació en 1926 en Nueva Jersey y sirvió en el cuerpo de hospitales de la Marina de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial.Fue a Francia e Irlanda a estudiar en la Universidad antes de obtener el doctorado en la Universidad de Zurich en Suiza, donde estudió con Carl Jung. Se convirtió en director de estudios de C.G. Jung y escribió más de veinte libros a lo largo de su trayectoria profesional, incluida su obra seminal Re-imaginar la psicología(Re-Visioning Psychology) que fue nominada a un premio Pulitzer, y Hemos tenido cien años de psicoterapia, y el mundo está empeorando(We’ve Had a Hundred Years of Psychotherapy — and the World’s Getting Worse)en colaboración con Michael Ventura. En cuanto a una introducción a su trabajo, probablemente la colección Un fuego azul (A Blue Fire) editada por Thomas Moore sea la mejor.
Hillman criticó asiduamente la psicología convencional, ya que consideraba que el objetivo de esta por mejorar el yo posee límites. Creía que cada individuo tiene un propósito o vocación en la vida que se revela en la infancia y reaparece, a menudo, como un conjunto de los llamados síntomas hasta que se les presta atención. Aprovechar este potencial es lo que él consideraba el gran desafío mortal y moral. Desde su punto de vista, nuestro deber no es elevarnos por encima de la vida, sino «crecer en ella». Sin duda, era el epítome de un pensador independiente y que inquietaba a la gente dondequiera que se encontrase, un hecho que parecía deleitarle más que preocuparle. Muchos junguianos consideraron a Hillman como un renegado porque intentó refinar varias de las teorías de Jung sin tratar ninguna de ellas como sacrosanta. De hecho, un editor que rechazó uno de sus primeros manuscritos comentó que «haría retroceder a la psicología trescientos años», aunque no sabemos a ciencia cierta si a Hillman eso le habría importado realmente. Además, creyó de corazón que ante todo necesitamos un «cambio fundamental de perspectiva que se aleje del dilema del alma, a la que llamamos consciencia moderna».
Las entrevistas aquí reimpresas provienen de tres conversaciones diferentes. Sy Safransky, supervisor y editor de la revista The Sun, realizó la primera entrevista en Carolina del Norte en 1990. El escritor Scott London, la segunda en California en 1997, y el ya fallecido escritor Genie Zeiger conversó con Hillman en su casa de Nueva Inglaterra en el año 2000. Como dijo Safransky en el preludio de su entrevista, escuchar a Hillman “es como bajar de un autobús y dirigirse a las calles clamorosas, exóticas y ligeramente amenazadoras de una ciudad extranjera. Es necesario que dejes atrás las fantasías de crecimiento y superación personal, busques en los callejones estrechos y tortuosos mejores preguntas y no respuestas, y, por último, que te prepares para los problemas». —Tim McKee
Entrevistas
Safransky: Usted ha criticado la psicología moderna porque enfatiza demasiado los sentimientos. Ha afirmado que hemos tenido cien años de análisis, la gente se está volviendo cada vez más sensible y el mundo va cada vez peor.
Hillman: No creo que se le haya prestado demasiada atención a ello. Lo que uno siente es muy importante, pero ¿cómo conectamos las preocupaciones por los sentimientos de la terapia con el desorden del mundo, especialmente el mundo político? Conforme la preocupación por los sentimientos ha aumentado, nuestro sentido de compromiso político ha disminuido. ¿Cómo establece la terapia la conexión entre la exploración y el refinamiento de los sentimientos, que es su principal misión, y el mundo político, que no cree que sea asunto suyo? La terapia se ha convertido en una especie de filosofía individualista de superación personal, una ideología romántica que sugiere que cada persona puede volverse más plena, mejor, más sabia, más rica, más eficiente. Creo que a día de hoy existen dos ideologías que gobiernan el país. Una es la economía y la otra la terapia. Ambas son las creencias básicas y últimas a las que acudimos en nuestros momentos de privacidad, las que nos hacen avanzar.
Safransky: Cuando dice «el país», ¿no se refiere a aquellas personas que comparten ciertas actitudes culturales e intelectuales? Las percepciones de la terapia no parecen ser las de la mayoría.
Hillman: Las percepciones de la terapia son parte de las percepciones de la mayoría. Hay clínicas de salud mental en todo el país, en todas las ciudades y condados. Todas ellas producen folletos sobre cómo lidiar con problemas de adicción, violencia de género o desórdenes infantiles. Hay terapeutas en todo el país, y son muy importantes porque recogen la basura del sistema economico-político. Alguien tiene que encargarse de esas personas y la terapia lo hace. No obstante, opera con una ideología individualista en la que el paciente debe aprender a sobrellevar la situación y el terapeuta le ayuda a mantener el control. Esta ideología se basa en la idea de crecimiento y potencial individual. La mayoría de las escuelas de terapia comparten la idea de que existe un mundo interior que puede expandirse y crecer, que la gente vive con pocas posibilidades y que necesitan ayuda para… algo que podríamos denominar «alcanzar su verdadero potencial».
Safransky: Aun así, no me parece que quienes dirigen el país sean más «sensibles» sino que, en realidad, niegan su propio dolor. Es complicado percibir cómo la creciente popularidad de la terapia ha conducido a una política degradada.
Hillman: No insistiré en una relación de causa y efecto, pero sí creo que existe una correlación por dos razones. La primera se refiere al arquetipo del niño en la terapia, el mismo que tiende a despolitizar al paciente. Cuando nos sentimos víctimas de abusos, también nos sentimos impotentes y tratamos de culpar a fuentes externas a nosotros. El paciente se preocupa por el pasado, por lo que le sucedió, por su propio crecimiento individual. Sin embargo, el niño es apolítico per se. En segundo lugar, la clase que otorgó poder a quienes gobiernan se compone de gente blanca procedente de los suburbios estadounidenses, que también hacen terapia. Puede que me equivoque, pues no conozco las estadísticas, pero cada vez menos personas han ejercido el voto desde las elecciones de Nixon y Kennedy. La retirada de los «mejores» del área política, de los más inteligentes y los más sensibles ha permitido obtener el poder a quienes precisamente ahora lo ejercen.
Safransky: ¿No radica el énfasis por el individuo en el corazón mismo de la experiencia estadounidense? En nuestra cultura siempre ha existido una mitología en torno al individualismo muy fuerte.
Hillman: Son muchos los que consideran que las raíces del movimiento terapéutico son el individualismo arropado por el modernismo decimonónico, en el que cada uno es autor de sus intenciones y responsable de su propia vida. Propia, una palabra muy importante en terapia. Eres dueño de tu vida, como si existiera un yo individual encerrado dentro de nuestro cuerpo. Eso es individualismo. Esa es la filosofía de la terapia. Yo lo cuestiono, pues el yo podría redefinirse, otorgándole una definición social y comunitaria.
Safransky: ¿Podría comentar más acerca del arquetipo del niño y el énfasis de la psicología por volver al pasado para aprender quiénes somos en el presente?
Hillman: Dónde estás es algo tan importante como de dónde provienes. Lo que haces todos los días es tan importante, para el alma y su revelación, como lo que te hicieron tus padres o cómo eras cuando tenías cinco o diez años. Por lo general, realmente no procesamos esas nociones. En cambio, enfatizamos la noción de una carrera individual o una biografía personal. Esta noción es errónea porque, para empezar, es demasiado personal. Y podríamos continuar criticando aún más este modelo del yo. Pero es difícil sentarse en una entrevista e imaginar otros modelos posibles. ¿Ve lo que quiero decir? Es difícil cambiar de énfasis al final de nuestras vidas, o del contexto social y geográfico de la vida, del «tú» que se forma a partir de lo que haces y que forjas con cada movimiento. Todo esto podría considerarse zen, ¿verdad? Cada movimiento que realizas, cada bocado de lo que comes, cada palabra que formulas te crea a ti mismo. Creemos que el alma ya existe por lo que sucedió en un principio, y siempre tratamos de arreglarla y ajustarla. Pero supongamos que la estoy creando en este momento, mientras hablo.
Safransky: Sin embargo, quién eres ahora hablando también se compone de quién eras.
Hillman: Eso pensamos. Pero, ¿podemos concebir la posibilidad de cambiar lo que fui por lo que digo ahora, dejar de ser lo que era antes? Quizás lo que fui es solo una fantasía al igual que el pasado. Para nuestra cultura judeocristiana, esto resulta algo difícil de pensar, pues cree absolutamente en la realidad de la historia. Creemos en ello hasta tal punto que enviamos arqueólogos a Palestina para encontrar restos del Jesús histórico. Pero Jesús es poderoso no porque estuviese en Palestina hace dos mil años, sino porque es una figura que continúa viviendo en la psique sin que tengamos que desenterrar una prueba para demostrar su existencia. Es poderoso debido a que nuestra cultura posee una mentalidad muy historicista, a diferencia de otras culturas que no la poseen en absoluto. Estas prestan más atención, mucha más, a si los árboles se encuentran en buen estado, o a si se comunican contigo. O si el curso del río ha cambiado, algo, sin duda, de lo que hay que preocuparse. Por Dios, es mucho más importante para el alma que los peces mueran que lo que me hizo mi madre cuando tenía cuatro años. ¿Podemos pensar de esa manera? De algún modo, Lo que trato de hacer no es más que pensar de esa forma, en lugar de realizar una afirmación literal de que los peces son más importantes que mi madre.
Safransky: Para algunas personas, cambiar la sociedad y trabajar en uno mismo no excluyen el uno al otro.
Hillman: Freud argumentó que el yo no es realmente comunitario y es fundamentalmente individual. Jung dijo que cada uno de nosotros equilibramos la balanza, que lo que haces en tu vida psicológica inclina la balanza del mundo de una forma u otra. La ideología terapéutica omnipresente a día de hoy insta a algo similar, algo comparable a la fantasía del chamán que invoca la lluvia: si realmente encarrilo mi vida, si realmente proyecto mis ideas, entonces el mundo…
Safransky: ¿Cuál es la fantasía del chamán de la lluvia?
Hillman: Es la vieja y mística idea de que, una vez que el chamán proyecta sus ideas, la lluvia cae; de que, a menos que esté en paz, no podrá lograrlo, lo cual, a su vez es una idea básica de la práctica terapéutica moderna. ¿Cómo vas a ayudar al mundo si no estás en paz? Vas a comportarte mal o crear problemas en la calle. Primero sumérgete en tu interior, averigua quién eres, enderézate y luego sal al mundo: entonces podrás ser útil. Comprenda que estoy exponiendo el punto de vista terapéutico actual. Que todos los arquitectos, políticos, científicos y médicos acudan a terapia, en donde se encontrarán a sí mismos, se pondrán en contacto con sus sentimientos y se convertirán en mejores personas. Entonces podrán salir ahí fuera y ayudar al mundo. Nos hemos aferrado a ese punto de vista y personalmente no creo que sea así. No creo que funcione. Ojalá lo hiciera, pero no lo creo.
Safransky: Ha escrito que la patología no es un problema médico que deba curarse, sino la forma en que el alma trabaja sobre sí misma. Tengo curiosidad por saber cómo se desarrolla esa perspectiva con respecto al tema de la adicción.
Hillman: Adicción, una de las grandes palabras de nuestro tiempo. ¿Podemos localizarla intrapsíquicamente? ¿El problema se encuentra dentro? Pongamos por ejemplo la bulimia. Para mí, un trastorno alimenticio es un trastorno con la comida, al igual que con determinadas sustancias con las que nos volvemos adictos. Podría decirse que la adicción es un síntoma, el cual, a su vez es siempre un acuerdo entre una relación apropiada y una relación enfermiza con una sustancia. Lo importante en una adicción es el valor de la sustancia, de ese algo externo de lo que dependemos totalmente, algo con lo que debo estar en contacto, ya se trate de codependencia (me refiero a un objeto de amor, de alguien a quien soy adicto en una relación) o adicción a una sustancia. En ambos casos, el resultado es el mismo: mi psique no puede vivir sin el otro elemento. Pero como Eric Hoffer dijo: «Nunca podrás satisfacerte con aquello que realmente no quieres». En realidad, no es el alcohol lo que quieres. Si logras descubrir lo que realmente quieres, si eres capaz de encontrar un deseo verdadero, entonces también hallarás la respuesta a la adicción.
Safransky: ¿Hasta qué punto cree que los grupos de terapia basados en doce pasos lo reconocen?
Hillman: Lo hacen en parte. Canalizan el deseo hacia algo espiritual. Pero estos «grupos de apoyo» tampoco me terminan de gustar. Cuando usted era niño, si vivía en una ciudad, su padre probablemente saldría los martes por la noche para reunirse con gente del barrio, con los demócratas o republicanos, para hablar sobre política. En cambio, ahora salimos porque somos obesos y queremos conocer a otras personas también obesas. El miércoles salimos porque nuestros padres abusaron de nosotros. El jueves porque bebemos demasiado. Conocemos personas con un solo problema. Establecemos relaciones conforme a nuestros síntomas. Es una nueva forma de organizar el mundo político y comunal en términos de patología. No creo que sentarnos en una habitación porque somos obesos sea la forma en la que la sociedad pueda avanzar. Quiero quedar con gente gorda, negra, verde, blanca, exhibicionista y republicana. De eso trata la democracia.
Safransky: Entiendo su postura, pero tal vez se sienta así porque no ha tenido que luchar por adelgazar o por superar los abusos que haya podido padecer de niño.
Hillman: ¿Pero, por qué? ¿Por qué se ha devaluado tanto la lucha, la lucha de la vida, el compromiso mismo que esta representa para centrarla exclusivamente en el hecho de que soy obeso o que me enamoro demasiado? ¿Se entiende lo que pretendo exponer?
Safransky: Únicamente trato de verlo desde el punto de vista de alguien que pertenezca a ese grupo.
Hillman: Creo que ese grupo de personas que comen en exceso podrían comenzar por percatarse de lo que sucede en los almuerzos escolares y en los anuncios de patatas fritas, pues precisamente ahí nos topamos con aspectos muy políticos que este grupo podría trabajar para lograr identificarlos. Deberían poner algo de imaginación de su parte, algo de esfuerzo si desean darse cuenta de que su problema no se encuentra únicamente dentro de ellos. Por otro lado, existe además la fisiología celular y los problemas fisiológicos de la obesidad. Hay muchos aspectos, pero todos ellos, todos esos puntos de vista, tienden a reducir el problema y, de esta manera, mantenerlo alejado de la comunidad. Y quiero que se convierta en parte de la comunidad. Hay una tarea política fundamental. Como recalcó Aristóteles, «el hombre es, por naturaleza, un animal político», y es muy importante recordarlo. Supongamos por un momento que empezamos a contemplarnos a nosotros mismos, no como pacientes, sino como ciudadanos. ¿Cómo sería la terapia entonces? Continuemos suponiendo que el hombre o mujer que viene a usted en calidad de terapeuta es, ante todo, un ciudadano. Tendría que pensar en estas personas de una manera un tanto diferente. Ya no serían solo «casos». Realmente, no estoy seguro de a donde conduciría todo esto, pero quizás apuntara a un cambio fundamental de énfasis.
Safransky: Usted es un crítico intransigente de los movimientos espirituales y de todo lo considerado «nueva era». Una vez sugirió que la meditación es una actividad fascista y que las personas que meditan son tan insensibles como los asesinos psicopáticos.
Hillman: Una vez comenté que la meditación, en el mundo actual, es obscena. Entrar en una habitación, sentarse en el suelo y meditar sobre un esterillo con un poco de incienso es un acto obsceno. Ahora, ¿a qué me refiero con todo ello? ¿Qué estaba tratando de decir, por el amor de Dios, además de hablar de más? Decía que el mundo se encuentra en un momento de tristeza y de horror, pero lo único que nos preocupa es tratar de estar en paz con nosotros mismos. Recuerdo haber escuchado a un estudiante decir algo una vez que me puso realmente nervioso. Dijo que deberíamos meditar y dejar que los ordenadores se encarguen de los problemas del mundo porque podrían hacerlo mucho mejor que los humanos. Y con esto me refiero a que, realmente, se había separado del mundo.
Safransky: También lo parecía emocionalmente, y parece que tiene que ver con algo llamado «espiritualidad».
Hillman: Su pregunta es muy legítima. No pretendo encasillarme en una postura de antimeditación. Creo que todo consumidor, porque eso es lo que realmente somos, necesita mucho tiempo neutral para darle vueltas a las cosas: ocio, fantasías, imágenes, reflejos o vacío sin que necesariamente sea una meditación disciplinada. Pero me preocupa cuando la meditación persigue un objetivo espiritual a través de un método para lograrlo.
Safransky: Y el objetivo del que usted sospecha es la trascendencia.
Hillman: Sí. Tratar de huir de las llamadas trivialidades de categoría inferior me parece errado. Porque las obsesiones personales, discutir con quien se convive o preocuparse por lo que soñamos son las categorías que ocupan el alma.
Safransky: ¿Y si el objetivo es tan solo conseguir unos minutos de tranquilidad?
Hillman: Si ese es el objetivo, ¿cuál es la diferencia entre meditar y tomarse un buen trago? ¿O ir a la peluquería y sentarse durante una hora y hojear una revista? ¿O escribir una carta larga o una carta de amor? ¿Se da cuenta de lo que no hacemos en esta cultura? Tener una conversación nocturna con alguien puede ser muy relajante. Creo que nos hemos aferrado erróneamente a la meditación como el principal método para buscar la calma. Por el contrario, creo que es mejor hacer algo, aunque sea a medias, que no hacerlo en absoluto. Sé distinguir cuando algo está mal y puedo decir que es indignante, una ofensa o un atropello, y que en definitiva está mal, aunque mi protesta sea totalmente vacua. No sé qué deberíamos hacer al respecto, pero creo en esa protesta. Verá, a veces no podemos hacer nada cuando alguien, generalmente en posición de poder, pregunta: “¿Ah sí? ¿Si tan listo eres, qué harías al respecto? ¿Qué harías para solucionar la crisis del Golfo Pérsico?». No sé qué haría. No lo sé, pero sé cuándo siento que algo está mal y confío en esa sensación de indignación y atropello. Y por ello, la protesta vacua es una forma válida de expresar un sentimiento políticamente. Recuerde: ahí es donde comenzamos. ¿Cómo se relaciona el sentimiento con la política? Bueno, una de las formas es a través de esa protesta vacua. No sé lo que está bien, pero sé lo que está mal.

London: En su obra El código del alma habló sobre algo llamado «teoría de la bellota». ¿Qué es exactamente?
Hillman: Bueno, es más un mito que una teoría. Es un reflejo del mito de Platón: naces en el mundo con un destino, aunque él emplea la palabra paradigma en lugar de destino. La teoría de la bellota afirma que existe una imagen individual que pertenece a tu alma. El mismo mito se encuentra en la cábala y los mormones; los africanos occidentales, los hindúes y los budistas lo tienen de diferentes maneras. Estos últimos lo relacionan más con la reencarnación y el karma, pero aun así creen que nacemos con un destino particular. Los nativos americanos también lo tienen muy arraigado. Por ende, todas estas culturas del mundo poseen esta comprensión básica de la existencia humana. Únicamente la psicología estadounidense no la tiene.
London: En nuestra cultura tendemos a recurrir a términos como «vocación» o «camino» para referirnos a ese llamamiento del mundo.
Hillman: Sí, pero ese mismo llamamiento puede referirse no solo a formas de hacer (es decir, trabajo), sino también a formas de ser. Piense en la amistad. Goethe decía que su amigo Eckermann nació para la amistad. Aristóteles remarcó la amistad como una de las grandes virtudes a la que dedicó tres o cuatro capítulos en su libro de ética. En el pasado, la amistad era algo muy importante. No obstante, nos resulta difícil pensar en ella como un llamamiento porque no es una vocación.
London: Me viene a la mente otro ejemplo: la maternidad. A día de hoy se espera que las madres tengan una vocación más allá de ser madre.
Hillman: Correcto, no basta con ser madre, y no solo por la presión social que ejercen ciertos tipos de feminismo y otros movimientos. También existe una presión económica. Es una crueldad terrible del capitalismo depredador, pues ambos padres tienen que trabajar. Una familia debe tener dos fuentes de ingresos para poder comprar aquello que se desea en nuestra cultura. De modo que la degradación de la maternidad (la sensación de que no es una vocación en sí misma) también surge de la presión económica.
London: ¿Qué implicaciones tienen sus ideas para los padres?
Hillman: Creo que lo que estoy diciendo debería aliviarlos enormemente y provocar que quieran prestar más atención a su hijo, este ser extraño y peculiar que aterrizó entre ellos. En lugar de decir: «Este es mi hijo», deben preguntarse: «¿Quién es este niño que ha resultado ser mío?». De esta forma, recibirán más respeto por parte del niño y tratarán de estar más atentos a la forma en la cual avanza su destino, como, por ejemplo, si muestra cierta oposición a asistir a la escuela, un conjunto de síntomas extraños a lo largo de un año o una obsesión con una cosa u otra. Tal vez pueda suceder algo muy importante, algo de lo que los padres no se percataron antes.
London: Los síntomas a menudo se consideran debilidades.
Hillman: Correcto, por lo que se fija algún tipo de programa médico o psicoterapéutico para deshacerse de ellos, cuando la realidad es que los síntomas pueden ser la parte más crucial. Hay varias historias en mi libro que ilustran lo que expongo.
London: ¿Encuentra oposición a su idea de que elegimos a nuestros padres antes de nacer?
Hillman: Bueno, dicha idea incomoda a muchas personas que odian a sus padres, cuyos padres fueron crueles y los abandonaron o abusaron de ellos. Pero es sorprendente cómo, cuando uno madura un poco esa idea, puede liberarse de gran parte de la culpa, resentimiento y fijación con los padres.
London: Entré en una dilatada discusión sobre su libro con una amiga. Es madre de una niña de seis años y, aunque suscribe su idea de que su hija posee un potencial único, tal vez incluso un «código», desconfía de lo que representa en la práctica y teme que esto pueda generar expectativas en el niño.
Hillman: Es una madre muy inteligente. Creo, sin embargo, que el peor ambiente para un niño de seis años es aquel en el que no existen expectativas de ningún tipo. Quiero decir, que resultará peor para el niño crecer en un entorno vacío en el que no importa lo que haga porque estoy seguro de que lo logrará. Nos encontramos ante una declaración desinteresada que verdaderamente expresa otra idea: «En realidad, no espero nada de ti». Una madre debería tener ciertas expectativas acerca del futuro de su hijo, pues, para empezar, le hará aumentar su interés por el propio niño. Pero, por ejemplo, transformar dichas esperanzas de futuro en un programa con la intención de que el niño llegue a ser piloto de avión y vuele algún día por todo el país no es la solución, ya que sería cumplir los sueños de los padres y eso es algo totalmente diferente. Tener expectativas, que pueden cumplirse o no, al menos otorga al niño la posibilidad de tratar de cumplir o rechazar algo.
London: ¿Cuál es el primer paso para comprender la vocación de uno mismo?
Hillman: Es importante preguntarse cómo puedo ser útil para los demás. ¿Qué quiere la gente de mí? Eso puede revelar de manera muy eficaz para qué estamos aquí. Suponga que durante su infancia se le dieron bien los dígitos y otros niños solían copiarse de sus deberes, o que calculaba las ofertas de la tienda más rápido que sus padres. La gente acudía a usted en busca de ayuda con esos temas. Con el tiempo decide estudiar contabilidad y finalmente se convierte en interventor fiscal para en la Agencia Tributaria. Qué trabajo tan lamentable, ¿verdad? Siente que debería estar escribiendo poesía o estudiando mecánica de aviación o lo que sea. Pero luego se da cuenta de que la recaudación de impuestos también puede ser una vocación. Cuando observa la naturaleza arquetípica de los impuestos, se da cuenta de que todas las civilizaciones han tenido impuestos de un tipo u otro. Algunos de los primeros escritos egipcios tratan sobre la recaudación de impuestos, en los que el escriba registra lo que se pagó y lo que no. Así que, cuando tiene en cuenta los antecedentes arquetípicos, históricos y culturales de todo lo que hace, le da la sensación de que su ocupación puede ser una vocación y no solo un mero trabajo.
London: ¿Qué opina de las técnicas tradicionales para revelar el código del alma, como leer las palmas de las manos o aquellos ancianos de la aldea cuyo trabajo es observar a un niño para contemplar su destino? ¿Sería útil revivir estas tradiciones?
Hillman: En primer lugar, no sé si es posible revivir tradiciones a propósito. En segundo lugar, creo que esas tradiciones aún se mantienen de forma clandestina. Mucha gente cuenta que algún astrólogo o maestro les ha dicho esto o lo otro, algo muy extendido en ciertas subculturas. Por mi parte, trataría de señalar el papel que puede desempeñar una persona común y corriente en la revelación del destino de un niño. Tienes que tener un presentimiento y eso es algo casi erótico, como las historias del cineasta Elia Kazan sobre cómo su maestra «lo acogió». Su educadora le escribió en una carta: “Cuando solo tenías doce años, una mañana te quedaste cerca de mi escritorio y la luz de la ventana caía sobre tu cabeza y tus rasgos e iluminaba la expresión de tu rostro. Y entonces, pensé en las grandes posibilidades de tu desarrollo”. Ella vio su belleza. Ahora bien, eso, como ve, es algo diferente a que simplemente nos lean las manos. ¿Por qué existe una industria de autoayuda tan amplia en este país? ¿Por qué todas estas personas necesitan ayuda? Nuestra cultura psicológica les ha privado de algo, de la sensación de que existe algo más en la vida como algún tipo de propósito que ha venido junto a ellos al mundo.
London: en su libro cuenta una historia similar sobre el autor Truman Capote.
Hillman: En el caso de Capote, su maestra respondió a sus locas fantasías. Era un niño complicado que tenía berrinches en los que se tiraba al suelo y pataleaba, que se negaba a asistir a clase y que se peinaba todo el tiempo. En definitiva, un niño imposible. Ella respondió a sus disparates con más disparates y lo acogió. Los maestros de hoy no pueden hacer eso, pues se consideraría manipulación, seducción o pedofilia.
London: O trato preferencial.
Hillman: Correcto. James Baldwin es otro ejemplo. Asistió a una pequeña escuela de Harlem junto con cincuenta niños. Las condiciones eran horribles. Su maestra era una mujer blanca del medio oeste. Y, sin embargo, conectaron el uno con el otro. Verá, no necesitamos que nos lean las manos. Tenemos que volver a confiar en nuestra relación emocional con los niños, ver su belleza y distinguirlos del resto. Así es como debería funcionar un verdadero sistema de tutelaje: poseer la capacidad de quedar atrapados en la fantasía de otra persona y unir nuestra imaginación y la de los niños.
London: Entre todas las figuras históricas que estudió mientras investigaba para desarrollar su libro, ¿quién le fascinó más?
Hillman: Todos. Todas sus historias me fascinaron. Tomemos a Martin Scorsese, otro cineasta, como ejemplo. Era un niño muy bajo y tenía un asma terrible. No podía salir a las calles de la Little Italy en Manhattan y jugar con los demás niños, así que pasaba el tiempo sentado en su habitación, mirando por la ventana lo que sucedía mientras hacía pequeños dibujos y caricaturas con numerosos marcos de la escena. En efecto, ya hacía películas a los nueve años.
London: Ha escrito que «el gran cometido de una cultura que sustenta la vida es mantener unidos a los invisibles». ¿Qué quiere decir con eso?
Hillman: Es una idea difícil de presentar sin dejar a un lado la psicología y adentrarse en la religión. No hablo de quiénes son los invisibles o dónde viven o qué quieren, pues no hay una teología real en ello. No obstante, es la única forma en la que podemos dejar de centrarnos tanto en el ser humano al interesarnos por algo más que nuestra especie.
London: ¿Como Dios?
Hillman: Sí, pero no tiene por qué ser un concepto tan sublime.
London: ¿Nuestra vocación?
Hillman: Creo que el primer paso es darnos cuenta de que cada uno de nosotros la posee. Tenemos que mirar hacia atrás en nuestras vidas y centrarnos en algunos de los accidentes, curiosidades, rarezas, problemas y enfermedades e indagar más en ello de lo que hicimos antes. De tal manera, nos plantearemos preguntas, y cuando ocurran sucesos peculiares, nos preguntaremos si existe algo más obrando en nuestra vida. No tiene por qué tratarse necesariamente de una experiencia extracorporal durante una operación o un tipo de magia avanzada como la que espera la nueva era. Se trata más bien de un sentimiento, como el que experimentaría un individuo de una cultura tribal: la idea de que otras fuerzas entran en acción, una forma de vida más respetuosa.
London: Cuando habla así, es como si la frontera entre la psicología y la teología se volviera borrosa. La psicología aborda la voluntad mientras que la religión el destino. Sin embargo, no tratan exclusivamente un tema u el otro, sino un poco de ambos.
Hillman: Tiene razón. No se reduce a algo tan sencillo como el viejo argumento del libre albedrío en contra de la predestinación. La idea griega del destino o moira significa «porción». El destino rige una porción de tu vida, pero esta va más allá del destino, y se adentra en la genética, el medio ambiente, la economía, etc. Por lo tanto, no todo se encuentra escrito en el libro de nuestras vidas antes de nacer…
London: ¿Cuál es el peligro de que un niño crezca sin comprender su destino?
Hillman: Creo que toda nuestra civilización ejemplifica ese peligro. La gente es ansiosa, se halla desorientada, se aburre y se enfurece rápidamente a la mínima de cambio. ¿Por qué existe una industria de autoayuda tan amplia en este país? ¿Por qué todas estas personas necesitan ayuda? Nuestra cultura psicológica les ha privado de algo, de la sensación de que existe algo más en la vida como algún tipo de propósito que ha venido junto a ellos al mundo.
London: ¿Es posible ignorar ese “algo más”, darle la espalda o resistirse y, por tanto, “desperdiciar” la vida?

Hillman: Tiendo a pensar que cada uno cumple su propio destino, se dé cuenta de ello o no. Puede que no lleguemos a ser famosos. Incluso que padezcamos muchas enfermedades, nos divorciemos o seamos infelices. Pero creo, pese a ello, que hay un hilo de carácter individual que determina cómo cada quien experimenta esas circunstancias.
London: ¿No pueden tanto la enfermedad como el divorcio estimularnos a explorar algunos temas de la vida más a fondo que otros?
Hillman: Cierto. He leído recientemente sobre John le Carré, el gran novelista de espías. Tuvo una infancia absolutamente miserable. Su madre lo abandonó cuando era joven. Su padre era un mujeriego y un borracho. Fue trasladado a diferentes hogares y supo que era escritor cuando tenía apenas nueve años, pero era disléxico. En fin, nos encontramos frente una persona con una infancia trastornada y un síntoma que le impedía hacer lo que más deseaba hacer. Sin embargo, también era parte de su vocación. Le obligó a profundizar más, como cualquier otro síntoma puede hacerlo
London: Usted escribió que una de las cosas más embrutecedoras de la psicología moderna es que ha perdido el sentido de la belleza.
Hillman: Sí, si es que alguna vez lo tuvo. La belleza nunca ha sido un tema importante en las obras de los psicólogos más relevantes. De hecho, para Jung, la estética es una etapa inicial débil de desarrollo. Adopta la perspectiva germánica de que la ética es más importante que la estética y establece un contraste claro entre ambas. Puede que Freud haya escrito un poco sobre literatura, pero la sensibilidad estética no forma parte de su psicología.
London: ¿Y ha calado en los terapeutas de hoy en día?
Hillman: Sí. El arte, por ejemplo, se convierte en «arteterapia». Cuando los pacientes crean música, se convierte en «musicoterapia». Cuando las artes se utilizan para la terapia de esta manera, se degradan a una posición secundaria. La belleza es algo que todos anhelamos, necesitamos e intentamos obtener de alguna manera, ya sea a través de la naturaleza, un hombre, una mujer, la música o lo que sea. El alma lo codicia, mientras que la psicología parece que lo ha olvidado.
London: ¿Pero no tiene la psicoterapia más elementos en común con la medicina que con las artes?
Hillman: Bueno, una rama de la psicoterapia tiene como objetivo ayudar a aliviar el sufrimiento, una preocupación propiamente médica. Si alguien sangra, se le trata de detener el sangrado. El tratamiento de dolencias crónicas que de alguna manera son incapacitantes es también otro aspecto propio de la medicina. Muchos de nuestros problemas son crónicos. La vida es crónica. Por tanto, la psicoterapia tiene una influencia médica razonable y sensata. Pero cuando lo médico se vuelve científico, analítico, diagnóstico, estadístico y correctivo, entonces los tratamientos se vuelcan en la farmacología y en protocolos de salud que reducen a los pacientes a seis conversaciones. El arte desaparece por completo de la terapia, la cual se centra únicamente en modelos productivos y empresariales.
London: ¿Y no está relacionado con el hecho de que, en algún punto de su desarrollo, la psicología adoptó el método reductivo para ganarse la aprobación de la ciencia?
Hillman: Creo que tiene toda la razón. Pero a medida que se desvanece la confianza popular en la ciencia -y muchos sociólogos afirman que eso está sucediendo- se desarrolla la desconfianza por la psicología puramente «científica». Los investigadores de las universidades no se han dado cuenta aún, ya que están más interesados que nunca en la genética y los modelos informáticos de pensamiento. Pero, en general, existe una enorme desconfianza por el mundo científico.
London: Cuando las personas se rebelan contra el enfoque científico, a menudo terminan en el otro extremo. Existen muchas formas nuevas de autoayuda y terapias de crecimiento personal basadas en creencias no racionales.
Hillman: El fenómeno de la autoayuda de la nueva era es bastante blando, pero también muy estadounidense. Nuestra historia está llena de predicadores, trotamundos, curanderos y buscadores del alma. No lo veo algo nuevo. Creo que la nueva era es parte de un fenómeno que ha existido siempre.
London: Recuerdo una conferencia pública suya que impartió hace un tiempo. Los asistentes querían hacerle todo tipo de preguntas sobre su visión del alma, y usted se encontraba un poco molesto con ellos.
Hillman: Me he enfrentado a estas preguntas durante treinta y cinco años. A veces me pongo de mal genio en situaciones públicas porque pienso: “Dios mío, no puedo volver de nuevo a ese tema. No puedo responder con tan solo dos palabras. No puedo”. Dondequiera que vaya me dicen: «¿Puedo hacerle una pregunta rápida?». Siempre es una «pregunta rápida”, pero mis respuestas son lentas. [Risas]
London: Ha mencionado a Goethe antes y una vez comentó que nuestra mayor felicidad radica en ejercitar un don que estamos destinados a usar. ¿Somos tan desgraciados como cultura porque nos desvinculamos de nuestros dones innatos, del código de nuestra alma?
Hillman: Creo que, en parte, somos desgraciados porque solo tenemos un dios: la economía. La economía es esclavista. Nadie tiene tiempo para el ocio y el placer. Toda la cultura sufre una enorme y terrible presión y tiene todo tipo de preocupaciones. Es difícil salir de esa cárcel. Y esta situación se expande por todo el mundo. Además, considero la felicidad como un subproducto, no como algo que perseguimos directamente. No creo que podamos perseguirla. Creo que esa frase es uno de los pocos errores que cometieron los padres fundadores de Estados Unidos. O tal vez pretendían decir algo un tanto diferente de lo que queremos decir a día de hoy: la felicidad como el bienestar de cada uno en la tierra.
London: Es difícil perseguir la felicidad. Más bien parece como si nos sorprendiese sigilosamente.
Hillman: Ikkyū, el monje loco japonés, tiene un poema que dice:
Haces esto y haces aquello
Replicas si es izquierda y replicas si es derecha,
Bajas y subes
Alguien dice que no, tú dices que sí
Vas y vuelves
Eres feliz
Eres realmente feliz
Lo que realmente trata de decir es que dejemos de hacer todas esas tonterías. Somos realmente felices. Detengámonos un minuto y nos daremos cuenta de que lo somos con tan solo serlo. Creo que es la búsqueda lo que arruina la felicidad. Si la dejamos de buscar, la felicidad se encuentra justo delante de nosotros.


