La Conjetura de Crowley

1. Conjetura es un término que proviene del ámbito científico. Permanecen célebres, incluso en nuestros días, formulaciones como la Conjetura de Hodge o la Conjetura de Goldbach, cuya persistencia señala no tanto una falta de resolución como una forma particular de insistencia del pensamiento frente a lo indecidible. Sin embargo, en una introducción como esta —consagrada a los vínculos entre magia y realidad— resulta inevitable señalar las sorprendentes afinidades que existen entre los conceptos de conjetura y conjuro. Más allá de una eufonía común, al observarlas detenidamente, algo tiembla en su parentesco. Y es que ambas, cada una a su manera, son intentos de establecer un diálogo con lo invisible.

Desde un punto de vista etimológico, las dos comparten el prefijo con-, que remite a la idea de reunión, acción conjunta o comunidad. Conjuro proviene del latín coniurare: jurar con otros, invocar en común. Conjetura deriva de conicere: lanzar conjuntamente los signos con el fin de interpretar lo oculto. En ambos casos, el lenguaje no se limita a reflejar el mundo, sino que actúa como un dispositivo de intervención, una herramienta para cercar lo real desde sus puntos de fuga.

Tanto el conjuro como la conjetura constituyen actos lingüísticos de carácter performativo. No se contentan con describir: producen efectos. El conjuro delimita un espacio liminar donde las leyes ordinarias se alteran o se pliegan. La conjetura, por su parte, lanza una hipótesis al vacío —a menudo sin prueba, sin base segura—, guiada tan solo por el presentimiento de que allí se esconde algo que resiste a la razón. Ambas nacen del deseo de penetrar lo incierto, de avanzar mediante la palabra allí donde reina la opacidad, el signo incompleto, el indicio frágil. Son, en ese sentido, estrategias para no renunciar a comprender lo que aún no se deja ver.

Existen, además, notables similitudes en su arquitectura imaginativa. Un conjuro exige fe —aunque sea parcial, ritual o estética—; reclama ritmo, gesto, símbolo. La conjetura, incluso en su formulación más racional, se apoya en ficciones heurísticas: modelos provisionales, juegos condicionales, imágenes especulativas. Ambas producen realidades paralelas: mapas para navegar la incertidumbre. Ambas suspenden —al menos temporalmente— el rigor de la lógica dominante y abren el campo a una verdad móvil, inestable y, no obstante, eficaz.

Tal vez por eso, más que opuestos, el pensamiento mágico y el pensamiento especulativo deberían considerarse parientes heterodoxos. Uno invoca. El otro infiere. Uno se entrega al éxtasis ritual. El otro a la sospecha metódica. Pero ambos nacen del mismo gesto radical: el ser humano arrojando palabras al abismo, esperando respuesta. Ese entrelazamiento conceptual nos anima a presentar lo que sigue como una conjetura, en el sentido más amplio del término: una hipótesis abierta, provisional, acerca de la Magia —o, más específicamente, de la Dæmonomanía.

La denominamos Conjetura de Crowley, en homenaje John Crowley y a su obra Daemonomania, cuyas intuiciones han sido decisivas para la elaboración de las inferencias que aquí se exponen.

2. Dæmonomanía: término que alude a una doble obsesión —la fascinación que sienten las brujas por los daimones y la atracción que estos seres ejercen sobre ellas. Supone, por tanto, una exploración profunda sobre el modo en que opera la brujería, entendida no como sistema de creencias o técnica oculta, sino como dinámica íntima entre lo humano y lo sobrenatural

La Dæmonomanía asume que el universo está habitado por entidades denominadas daimones o dæmones. Estos seres no se ubican claramente en el ámbito del bien ni del mal; son, más bien, una fuerza que subyace tras toda materia, sea viva o inerte. Poseen cuerpos sutiles, fantasmales, dotados de mente, corazón, órganos y, en muchos casos, una forma de afectividad que excede lo humano. Aunque con frecuencia se manifiestan en figuras diminutas, también pueden adoptar formas colosales, grotescas o fluctuantes. La variedad de sus apariciones no responde tanto a su naturaleza como a las condiciones del vínculo que logran -o no- establecer con quienes los perciben.

El foco central de esta conjetura, por tanto, no es determinar si estos seres existen en un sentido empírico —cuestión que pertenece más al terreno de las creencias—, sino indagar qué tipo de relación cabe establecer entre ellos y los humanos, y bajo qué condiciones dicha relación puede volverse significativa, fecunda o peligrosa. La dæmonomanía no postula la existencia de los daimones como dogma, sino que asume su presencia como una hipótesis operativa, una conjetura —sí— con capacidad para reorganizar nuestras formas de percepción, lenguaje y deseo.

Y parece, a primera vista, que la relación entre seres humanos y daimones está marcada por una finitud radical. No solo la finitud del tiempo humano, sino la de los propios daimones: su desgaste, su exilio, su desaparición progresiva. La historia de los vínculos daimónicos se revela, así, como una historia de desvanecimientos, de regresos fallidos, de pactos interrumpidos.

Pero esta finitud no puede disociarse de otro acontecimiento de magnitud mayor, aunque de bordes más difusos: el fin de nuestro mundo. No hablamos aquí de una catástrofe súbita sino de lo que podríamos denominar, siguiendo una lógica distinta, un événement salvaje: un fin que no ocurre de manera uniforme, sino que avanza por ondas, por estremecimientos asimétricos, como esas sacudidas eléctricas que recorren el lomo de un caballo o como las primeras olas de un tsunami.

Se trataría, entonces, de una clausura asincrónica, fragmentaria, en capas, cuyo carácter no es escatológico sino inmanente. Y este carácter inmanente implica una forma de conciencia específica: quien atraviesa esa frontera —quien percibe que su mundo ha terminado mientras el resto del vecindario sigue funcionando bajo las normas del viejo régimen ontológico— no muere, pero tampoco regresa intacto. Ha cruzado. Sabe que ha cruzado. Y lo reconoce en la mirada de quienes no lo han hecho, en los gestos de aquellos que, sin saberlo, han quedado atrás.

Este acabamiento no se manifiesta simultáneamente para todas las personas, regiones, o comunidades sensibles. Puede comenzar en una calle concreta sin afectar a las adyacentes, sacudir a una familia sin perturbar a sus vecinos, alterar la conciencia de una niña —justo en el instante en que alza la mirada de su pantalla— sin perturbar a los adultos que la rodean. En ella, en ese gesto mínimo, puede haberse sellado un tránsito definitivo: el paso silencioso de un mundo a otro. Un apocalipsis soft en medio, quizás, de una guerra.

En ese punto, el exilio daimónico y el fin del mundo se reflejan mutuamente. La desaparición de los daimones era coextensiva al agotamiento del mundo tal como fue una vez. Y a la inversa: el regreso de los daimones marca el inicio de un nuevo tiempo, una nueva textura de la realidad donde la magia —no como artificio, sino como dimensión operativa del lenguaje y del vínculo— vuelve a ser posible.

Este es, quizás, el núcleo más íntimo de la Conjetura de Crowley: que el retorno de los daimones no depende de su voluntad ni de la nuestra, sino de la emergencia compartida de una nueva sensibilidad mágica, de un tiempo vuelto poroso a lo diminuto, a lo invisible, a lo anómalo. No es una trascendencia, ni un ascenso, ni una redención. Es una forma de permanecer —y, eventualmente, de morir— dentro del mundo, pero en otro mundo.

Por ello, la plegaria más profunda nacida del interior de la bruja o del brujo no invoca salvación ni pretende eternidad. Invoca, sencillamente, una muerte precisa: un bel morir en este nuevo mundo recién inaugurado. Una muerte mágica, por fin, en tierra daimónica.

3. Pero hay más. En este crepúsculo de lo real, en este entretiempo donde ni el antiguo mundo ha muerto ni el nuevo ha nacido del todo, algunos han adquirido —silenciosa y suavemente— una certeza discreta: que las cosas no siempre han sido como son, y por tanto, no necesitan seguir siendo como han sido.

Porque es precisamente en los tiempos de paso, esos intersticios que caen entre las edades, cuando las leyes de un mundo comienzan a fallar y las del siguiente aún no entran en vigor, que ciertas presencias —daimones difusos, imprecisos, persistentes— se asoman para susurrar que el tiempo no es una línea recta, sino una materia maleable. Y que no solo el futuro está por escribirse. También el pasado. Que nada está fijado, y que los contornos de lo que fue tiemblan igual que los de lo que vendrá. Algunos son rozados por ese conocimiento. Por un ala, por una presencia, por un saber que no proviene de la razón sino del temblor. Y puede que esa no sea la única señal que hayan recibido.

Ocurren otras cosas. Siempre las hay, claro, tanto si el mundo está terminando como si no. Pero en su desvanecimiento, aparecen ciertas insistencias que pasan casi desapercibidas: en algunos lugares, aquí y allá, los efectos comienzan a aparecer antes que sus causas. No muy a menudo, no de forma constante, o la vida se habría vuelto incomprensible: solo aquí y allá, de vez en cuando, y en su mayoría en  cosas triviales.  Por ejemplo: los colibríes dejaron de visitar, de un día para otro, un seto en flor junto a un sendero cercano a una Residencia. Una de las residentes, que adoraba observarlos, se entristeció. No mucho después, un torpe encargado de mantenimiento, siguiendo lo que él creía que eran sus instrucciones, fue y cortó el seto. Otro caso: una madre tiende ropa al sol cuando ve de reojo a su hija pequeña, con su mochilita de plástico, caminando cuesta abajo por el camino. Apenas una visión fugaz, justo cuando la niña cruzaba la cima de la colina. Más tarde, ese mismo día, la niña decide en secreto escaparse de casa.

Si estos casos pudieran recopilarse y contarse, ¿cuántos habría? ¿Cuántos debería haber, en un año ordinario? ¿Podría trazarse una curva que mostrara un aumento súbito de coincidencias sin propósito? ¿Está desplegándose un secreto en lo imperceptible? ¿Un patrón que, si pudiéramos leerlo, nos daría aviso de finales y de comienzos?

El nuestro, es un presente de horror.  Pareciera como si los primeros estremecimientos de la era venidera, esa que tantos han presentido sabiéndolo o no, ya hubieran ocurrido… pero sin cambiar aún el rostro del mundo. Con sus desastres irreversibles, con su ausencia de salvaciones milagrosas.

Pero si esto es así, si el temblor ya ha tenido lugar y el mundo permanece en esta penumbra, ¿los caminos siguen exactamente donde siempre han estado; la vida continúa siendo, en esencia, una cuestión de geografía; están clausuradas todas las probabilidades? ¿Será el fascismo venidero una revuelta del pasado? Apostamos por el sí; apostamos por el no. Mientras, preparamos y cuidamos un espacio para la anarquía. Un territorio para armar y defender esa sensibilidad extrema que percibe los umbrales entre realidades y vaga en los bosques de la realidad daimónica; que intuye la danza sutil y constante de lo visible con lo invisible, esperando siempre la revelación fugaz de un mundo más profundo, aun desconocido. Del fin de la desventura.