
🌒 Bienvenidas y bienvenidos a Daemonomanía: donde la realidad pierde el juicio
Esta página nace como un umbral que conduce a una trastienda, un claro del bosque, una caverna con ecos de voces antiguas y conexiones nuevas. Se llama Daemonomanía —sí, como aquella obsesión antigua por lo demoníaco, pero también como ese vértigo moderno ante lo inexplicable, lo indócil, lo real cuando se desnuda de consensos.
Un laboratorio de pensamiento, un altar portátil, un diario de anomalías. Una recopilación de ensayos, conjuros, notas, preguntas sin respuesta y afirmaciones sin dueño. Nos interesan las regiones donde la filosofía se vuelve ritual, donde el pensamiento tropieza con lo simbólico, y donde el delirio no excluye a la lucidez sino que la seduce.
A quienes dudan del mundo no porque no lo amen, sino porque sospechan que les están dando una versión censurada.
A las que conversan con fantasmas, estudian sin fe, aman sin propiedad y conspiran por placer.
A brujas y a escépticos. A anarquistas con altar y a esotéricas con hambre de revuelta.
Una mirada que no cree en el “creer por creer”, ni en la supuesta neutralidad de los hechos. Que entiende que toda epistemología es política, que todo lenguaje tiene cuerpo, que todo cuerpo guarda memoria, y que toda memoria es un campo de batalla.
Si este blog puede tener espíritu, que este sea el de una hermandad errante.
Porque la daemonomanía fue, en otro tiempo, el nombre que usaban los inquisidores para etiquetar a quienes “veían demasiado”. A las mujeres que soñaban raro. A los hombres que hablaban con plantas. A las niñas y niños que no obedecían. A las viejas que sabían.
Pero también es el nombre que podríamos recuperar para una pasión por lo invisible, una ética del desborde, una enfermedad de la lucidez.
Y si alguna noche lees algo por aquí que no termina de cuadrarte, pero no en lo que no puedes dejar de pensar, enhorabuena: eso era la idea.